Cuartos de hotel, por Oscar Domínguez

Por Oscar Dominguez
En ciertos cuartos de hotel parece que no hubiera vivido nadie. Otros dan la sensación de que han sido habitados por medio mundo.
Terminamos acostados con los fantasmas y pesadillas de quienes nos precedieron. Con susoscar-dominguez penas y alegrías. Inevitable salir untados de otro. Como cuando en misa nos damos la esquiva, mentirosa y bella paz.
Nos miramos al espejo del cuarto y de pronto nos da la sensación de que no estamos solos. Nos acompañan todos los que se han mirado antes en él: un aristócrata venido a menos, un ex pobre venido a más, ejecutivos estresados, un político graduado de soltero lejos de casa, reporteros que cubren alguna expectativa, un asaltante bancario que prepara el golpe, un marido – o una esposa- infiel. El menú es variado.
Los hoteles deberían ofrecer resúmenes biográficos de quienes han habitado los cuartos. Así sabríamos con quien compartimos fantasmas.
Hay una inevitable sensación de soledad acompañada en tales lugares. Alcanza uno a sentirse sin norte. Ciudadano de ninguna parte.
En esa pequeña claustrofobia somos ilustres desconocidos. Podemos disfrutar del encanto de ser notorios n.n. Nadie lamentará nuestra partida. Salvo si no pagamos la cuenta.
Claro que los viajeros frecuentes, esos seres que tienen el mundo o la libertad por cárcel, se apegan a los cuartos de hotel como al primer beso, o al último olvido.
La burocracia del hotel los mima. Les conocen sus excesos etílicos y sexuales. Menos mal, los empleados hoteleros, como los ascensoristas de los hoteles de Nueva York (lo dice Gay Talese) están hechos para no ver ni oír nada. Los entrenan para servir, sonreír, olvidar. (De pronto sacan de alguna angustia sexual a un huésped, así la canita al aire no figure en el reglamento de trabajo).
Claro que los gerentes hoteleros y su gente se empeñan en hacernos amable la fugaz vida de inquilinos. Se les agradece el detalle. O los detalles, porque por todas partes hay coqueterías para hacernos sentir como en casa. Lo que no lograrán del todo porque en casa no nos cobran.
Esos cuartos tienen sus voces y ruidos propios que vienen de ninguna y de todas partes. Que no falte papel para consignar alguna urgencia poética, o escribir líneas que no leerá ninguna bella. Líneas que son botellas arrojadas al mar que alimentarán el cesto de basura.
Siempre habrá una Biblia protestante, virgen de lectores, de pasta azul y papel cebolla, disponible en algún cajón por si alguien desea llevarle la contraria al mandamiento que ordena “no robar”.
O llevarse solo un salmo o un proverbio. Como biblias hay en todas las casas, no hay peligro de robo. Salvo en caso de coleccionistas-cleptómanos. O ladrones como Dimas, el del Evangelio que robaba por inercia, por poblar ocios.
El televisor se convierte en familia. Vemos la gorda o la anoréxica de algún reality y nos provoca invitarla al bar. De ese tamaño es la soledad.
Necesitamos ruido, luz, más luz, compañía. Abrimos ventanas. Prendemos la radio. Saber cómo se despelota el mundo, hace más llevaderas las horas cuando nos graduamos de forasteros.
¿Esa cobija que nos tocó a quién calentó anoche, o hace un mes? De pronto un corrupto con suerte, un traqueto en ascenso, o un “paraco” emproblemado nos dejó una herencia de malas pulgas entre las sábanas.
Bueno, no hay que ser pesimistas: alguna sucesora de Nefertiti, reina del Nilo, pudo haber soñado allí.
Apagamos la luz al momento de abandonar el cuarto, de regreso a casa. En esa veloz liturgia le endosamos este recado a nuestro sucesor: ahí le dejo el cuero.

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